jueves, 13 de noviembre de 2008

La debilidad de la integración europea

Tras los frecuentes y cruentos conflictos vividos entre vecinos del viejo continente, a mediadios del siglo XX, nace la Unión Europea (por entonces, CECA) con el anhelo de solventar y terminar con esos problemas.

La base de la integración la conformarán los aspectos económicos y políticos, con el fin de alcanzar una paz duradera. A todo esto, se deja de lado algo tan significativo como la cultura de la cantidad de pueblos que se disponían a unirse. Por tanto, asistimos al nacimiento de un organismo supranacional adolecido de un elemento social tan importante como lo es la cultura.

Sin ir más lejos, en la década de los 60, el mundo sufre una revolución cultural siendo uno de sus focos Francia. Mientras tanto, en el avance de la conformación de una Europa unida siguen primando los intereses económicos, así lo atestigua la implantación del 'mercado común'. Tendrán que pasar treinta años para que el Tratado de Maastricht recoga el reconocimiento oficial a la dimensión cultural de la integración europea. Aunque las competencias atribuídas sean bastante reducidas.

En los primeros años del siglo XXI, los esfuerzos de la UE se concentran en incentivar la construcción europea desde los valores fundamentales que comparten los europeos derivados de Maastricht, como indica la Comisión Europea en la publicación "Construir la Europa de los pueblos" de 2001. La partida de 500 millones de euros anuales lo ratifica.

El multilingüismo, el programa Cultura 2000, la inicitiva MEDIA Plus o títulos honoríficos como el de la Capitalidad europea de la Cultura intentan fomentar la deseada unión cultural y social. Pero si se hubiese apostado desde el primer momento por el fenómeno y los valores culturales y sociales ¿Habría actualmente una UE más fuerte? ¿Serían sus ciudadanos menos escépticos a la integración? ¿Qué resultados se hubiesen obtenido en el referéndum sobre la Carta Magna europea?

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