sábado, 18 de diciembre de 2010

Conmoción


Plomiza y más oscura de lo normal ameneció Madrid el lunes. Parecía un desgraciado pregón venido de arriba que hacía presagiar lo peor. En días anteriores se vivieron instantes de incertidumbre, concluyendo ésta el 13 de diciembre, por desgracia. En los albores de la hora más taurina, el MAESTRO del cante se marchó.

La tarde pesaba mucho. El dolor era evidente en el centro hospitalario de la calle General Rodrigo. Los rostros compungidos de relevantes personalidades hacían evidente la importante pérdida. "No tocaba que el maestro se marchara, joder"; "era un artista verdadero, el que más sabía de flamenco. Supone una tristeza hablar de él en pasado"; "se ha perdido uno de los hitos fundamentales de la evolución del flamenco contemporáneo"... son muestra de testimonios sinceros y dolientes. Las jóvenes voces del género no perdieron la oportunidad de imprimir ánimo a la familia. Poveda, Pitingo, El Cigala, Arcángel... Por otro lado, veteranas figuras de la cultura como Sacristán o el poeta Caballero Bonald. El drama se hizo presente cuando la posibilidad de una negligencia médica se confirmó por parte de los más allegados.

Larga y emotiva fue esa noche. Resonaban en un dormitorio de la capital de España las letras del cantaor más prolífico que ha dado el Albaicín. Sin solución de continuidad, el calendario marcaba una nueva jornada. La tristeza lo inundaba todo. Enlutados pañuelos asidos a los cuellos, camisas oscuras, negros crespones... El duelo rondaba el entorno de la sede de la Sociedad General de Autores (SGAE). Su Pequeño Vals Vienés brotaba de un balcón. El cantaor granadino estaba más presente que nunca. Uno que bajó del cielo para recibir a Morente fue Camarón, que en un cartel pegado en una fachada frente a la SGAE decía: ¡Hola Enrique, bienvenido!

Alrededor de las cuatro y media, durante segundos los corazones se bloquearon. Las mejillas se vieron regadas por alguna lágrima que otra. La comitiva fúnebre llegó, ¡Vamos Enrique!, ¡Viva el Maestro! y un atronador aplauso interrumpieron por unos segundos el ritmo cotidiano de la gran ciudad. Centenares de personajes de la política y la cultura se acercaron a dar su último adiós. De histórica hay que catalogar la reunión imprevista entre grandes del flamenco como Paco de Lucía, Alejandro Sanz, Tomatito, Antonio Carmona y el productor Javier Limón. La desazón les recorría. Una sóla persona les unía.

En el interior del modernista inmueble, el trasiego era una constante. La sala Manuel de Falla, otro ilustre de la música que pasó mucho tiempo en Granada, albergaba la capilla ardiente del MAESTRO. El aroma de los cármenes albaicineros estaba allí concentrado gracias a las decenas de coronas florales. El féretro, ante un pequeño escenario con un piano de cola, era el centro de atención de los presentes. Al lado del mismo, una guitarra sobre una silla. Momentos muy duros. Busqué el consuelo, y lo encontré en los brazos de un afectado Javier Conde.

El regreso de Morente a su tierra se vivió intensamente desde la primera ciudad de España. Granada se volcó a las puertas del Teatro Isabel la Católica para recibir a uno de sus hijos más célebres. Su hija Estrella sacó de lo más profundo el quejío. Todos nos derrumbamos con ella.

Ya reposas en paz cerca de lo que soñaste magistralmente un día, la Alhambra. Cantaste a la parca y ésta , repentinamente, nos ha apartado de tí con su tétrica guadaña. Aunque no estés físicamente entre nosotros, realmente lo estás. Ya eres una leyenda del flamenco y un mito para una urbe que te vio nacer un 25 de diciembre de 1942.

Imagen: cadenaser.com

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